Durante mi formación universitaria como psicóloga obtuve muy poca información y aún menos guía en el tema de ética y valores en el ejercicio profesional. Mis recuerdos al respecto son algunas clases aplanadas y aburridas donde se abordaron someramente algunos puntos del Manual Ético del Psicólogo, y de las que lo que siempre recordé, ante todo, lo concerniente a no iniciar relaciones personales con antiguos clientes hasta transcurridos cuatro años.
A más de tres años después de esa experiencia con la materia de ética, puedo decir que el trabajo que he hecho en materia de psicología clínica se ha regido en buena medida por mi sentido común, por el deseo y obligación de hacer las cosas bien y por el gusto de continuar aprendiendo y preparándome en una disciplina que siempre tiene algo nuevo que ofrecerme.
En este escrito quisiera hablar precisamente sobre uno de los regalos más difíciles de aceptar de la psicología: los dilemas éticos. Específicamente hay un tema en materia de ética que quisiera abordar y se trata de las relaciones duales en la terapia psicológica. Primero definiré qué es la ética y después se abordaré tres formas en que las relaciones duales pueden presentarse, a saber, el intercambio de servicios, el inicio de relaciones sociales, y relaciones sexuales, todas las cuales pudieran darse entre terapeuta y cliente.
El objetivo es hablar francamente sobre una serie de eventos que suceden con más frecuencia de la que quisiéramos confesar. Desde mi propia experiencia, hubo muy poca información y asesoría en este tema, y quiero ofrecer algunas de mis notas esperando que inviten a colegas a la actualización, supervisión y sincera auto observación. Aceptando que antes de ejercer como terapeutas o psicólogos somos seres humanos y que precisamente por eso es necesario tener este tema presente, para brindar servicios de calidad donde prevalezca, ante todo, el bienestar de nuestros consultantes.
Definamos ética como los principios morales adoptados por un individuo o grupo que buscan proveer reglas para una conducta correcta. Ahora aclaremos qué es la moralidad que menciona la definición anterior; ésta se refiere a la evaluación de acciones en base a un contexto cultural más amplio o bien en base a un estándar religioso.
Podría decirse que el “problema” entre la ética y mi ejercicio de la psicología es que, a pesar de que mi trabajo está regulado por ciertas leyes y códigos profesionales, no existen respuestas exactas sobre cómo abordar una gama de situaciones que pudieran presentárseme en consulta. Sólo existen muchas guías pero muy poca precisión en cuánto a qué hacer ante ciertas eventualidades. La falta de recetas para la resolución de problemas no se limita al trabajo con mis clientes, sino que se extrapola a mi interacción personal con ellos. Quien diga que la psicología es una carrera fácil que sea puesto en la hoguera mientras envidio, en un breve momento de debilidad, la exactitud cuadrilátera de las ingenierías.
Si he de proponerme trabajar con una ética global, entonces no se trata únicamente de cumplir con las reglas que mantengan mi cuello a salvo de problemas legales o revocación de mi licencia, sino de velar por que mis mediaciones sean siempre en beneficio de mis clientes. Se trata aquí de encrucijadas que pudieran comprometer mi rol y las expectativas de éste, y el bienestar de quien tengo frente a mí.
Como ya comenté con anterioridad, una de las lecciones que mejor extraje de las enseñanzas universitarias es el no involucrarse sexual ni socialmente con clientes actuales ni antiguos, punto. O la clase fue muy mala o me la volé demasiadas veces, y sinceramente apuesto más por la primera opción. Bien, el anterior planteamiento ético sigue vigente y es tal vez una de las más comunes formas en que las relaciones duales cobran vida en el ámbito terapéutico. Pero hay otras variantes que en mi caso no fueron tan discutidas en aquellos tiempos.
Comencemos por la definición del término relación dual, el cual se refiere a la mezcla de la relación profesional que tengo con mi cliente y otro tipo de relación, que puede cobrar varias formas. La mayor parte de las veces es factible que una relación dual conlleve a violaciones de los estándares legales, éticos y clínicos, así que prácticamente por definición la relación dual implica roles que son incompatibles entre sí. En otras palabras, no puedo ser tu amiga mientras ejerzo como tu psicóloga, ni tampoco puedo ser tu amante, tu maestra o tu supervisora en caso de que tú también te desempeñes como psicólogo o terapeuta.
Los expertos en la materia idearon una pregunta clave que puedo plantear si me encuentro ante una situación en la que no estoy muy segura qué posición tomar: Si procedo con esto (a socializar fuera del consultorio con esta persona, por ejemplo) ¿es para satisfacer una necesidad mía o por el bienestar de mi cliente? Así, la violación ética ocurrirá cuando sitúe mis necesidades e intereses por encima de los de mi cliente. Siempre hay que estar muy al pendiente de nuestras motivaciones como psicólogos con respecto a lo que se hace o se deja de hacer con quienes nos consultan.
El intercambio de servicios es mi primer ejemplo de relación dual. Supongamos que llega a terapia una persona que se dedica a la construcción y me plantea la posibilidad de recibir tratamiento a cambio de realizar algunos cambios y mejoras en mi casa. En principio no suena mal, ambos podemos echarnos una mano y beneficiarnos de nuestro respectivo trabajo. Pero si no hace su parte según mis expectativas ¿acaso eso no afectaría la manera en que yo misma lo trato y lo atiendo? Por otro lado, si la persona pensara que el trabajo que está haciendo en mi casa supera el costo de la terapia que estoy dándole ¿podría perjudicarse nuestra relación y su motivación para seguir con el tratamiento?
Supongamos ahora que otro cliente me invita a llevar a cabo las sesiones mientras comemos o tomamos un café. Quizá me pide que le acompañe a una fiesta u otro evento social con el argumento de que se siente más cómodo para abrirse conmigo si nos encontramos en un ambiente más informal y relajado. ¿Cuáles son las motivaciones de este cliente para invitarme? ¿Cuáles son las mías para aceptarlas? Y en caso de hacerlo ¿acaso no existe la posibilidad de que yo sea una psicóloga menos confrontativa y la persona se censure para no perjudicar la relación social?
La atracción física y sexual es algo proclive a ocurrir, ya sea del cliente a mí o viceversa. De hecho esto se da en todos los ambientes laborales, pero cobra un sentido prohibitivo cuasi morbosotabuescorreprobable en la práctica psicológica. No recuerdo que nadie me hablara nunca sobre qué hacer si una situación así se me llegase a presentar cuando ejerciera mi profesión; perece que en principio hay una negación de que esto siquiera figura en el panorama.
Ese es otro de los odiosos aspectos de tener una formación como psicóloga, que a la gente de repente se le ocurre visualizarte como prototipo del super hombre; peor aún, parece que la gente aun me distingue muy bien de las videntes, brujas o hechiceras. Regresando al argumento, los psicólogos lejos de pretender ser robots inmutables ante la tentación de la carne, es importante estar preparados para enfrentar esta posibilidad, por lo que algunos considerados expertos en materia de ética sugieren que si llegase a tener fuertes sentimientos sexuales ante un consultante:
- Explore las razones por las que me siento atraída hacia esta persona.
- Consulte a un colega con mayor experiencia que pudiera ayudarme a decidir un plan de acción.
- Busque asesoría personal, en otras palabras, que yo misma me someta a una terapia para descubrir si existen temas en mi vida con los que no estoy lidiando.
- Si nada de lo anterior funciona, se recomienda que termine la relación terapéutica y refiera a mi cliente con otro terapeuta.
Es vital tener esto en cuenta y estar listos para lidiar con un escenario de esta naturaleza. Consideremos las recomendaciones de quienes han observado e investigado los efectos nocivos del involucramiento sexual entre terapeutas y sus clientes:
- Un terapeuta que cruzó la barrera sexual una vez, está muy propenso a hacerlo de nuevo.
- Cuando hay sexo de por medio en la relación terapéutica, el terapeuta pierde control del curso de la terapia.
- Este tipo de relaciones nunca son apropiadas ni ayudan al cliente, pues destruyen la objetividad necesaria para una intervención efectiva y la confianza del cliente no sólo hacia su terapeuta, sino también hacia otros terapeutas.
- Generalmente los clientes sentirán que se aprovecharon de ellos, desacreditando todo su proceso terapéutico y haciendo muy difícil que quieran iniciar otra terapia con alguien más.
Nótese que además hay una serie de posibles repercusiones legales en torno a estos temas, mismas que dependen tanto del país como del estado donde se ejerce, cuestiones demasiado extensas como para tratarse aquí, pero de las que también es útil informarse y estar al tanto.
Hablé aquí sólo de tres tipos de relaciones duales, pero existen otras que quizás conozcas y de las que quisieras informarte si trabajas como psicólogo o planeas hacerlo. Algunos ejemplos son: ser maestro y psicólogo o psicólogo y supervisor de una persona (simultáneamente), dar terapia al familiar de un amigo o a tu propio familiar o amigo, y también está el tema del contacto físico entre tú y tus clientes. Corey y Callanan plantean una serie de interrogantes respecto a lo expresado en este escrito:
- ¿Qué efecto piensas que tendrá en la terapia el hecho de que interactúes socialmente con tu cliente?
- Si te enamoras de un cliente y quieres involucrarte sexualmente, ¿cuál es el plan de acción más ético a seguir? ¿Basta con la terminación de la relación profesional?
- ¿Qué criterio determina si el contacto físico con mis clientes (por ejemplo abrazar) es o no terapéutico?
- Imagina que como estudiante, uno de tus profesores tiene una serie de acercamientos inapropiados hacia ti, ¿Cómo reaccionarías? ¿Qué harías al respecto?
Las relaciones duales no siempre son anti éticas, pero es necesario auto observarnos y monitorearnos para evitar problemas. Muchas veces podemos incurrir en faltas de ética que surgen por ignorancia u omisión y no necesariamente por el deseo explícito de perjudicar a alguien. Ante un conflicto ético pudiéramos buscar respuestas en la escrupulosidad de los códigos que nos rigen, pero la realidad es que lo más seguro terminemos haciendo lo que nos dictan nuestros valores y consideraciones, pues es muy diferente la teoría a todo lo que la realidad nos confronta. Ejercitemos nuestra conciencia y tengamos presentes y claros cuáles son nuestros valores, nuestra postura dentro de la psicología. El profesionalismo se construye con trabajo duro día a día; no lo descuidemos o arriesguemos por comportamientos que pudieran pasarnos inadvertidos.
Referencia:
Corey, G., Corey, M.S., & Callanan, P. (1993). Issues and ethics in the helping professions. Pacific Grove: Brooks/Cole.