Besar puede ser una experiencia sumamente sensual, en la que se explora al otro mediante la mutua intervención de sentidos como el gusto, el tacto y el olfato. Nuestro cuerpo puede ser tan vulnerable a un beso que sufra reacciones cardiacas, respiratorias, nerviosas y hormonales repentinamente. De hecho, en la boca se encuentra un tejido submucoso llamado corpúsculo de Krause que, curiosamente, también se encuentra en los órganos genitales, por lo que no resulta sorprendente que un beso alcance a ser una experiencia tan estimulante.
El poder del beso es inspirador y puede ser de contenido sexual, emocional, o de carácter socio-cultural (darlo por “obligación”, para mostrar respeto, admiración e inclusive traición). En cuanto a su alusión en las Bellas Artes, quién no conoce la bellísima obra de Klimt “El Beso” (1908), misma que en principio me movió a realizar este texto. Sin embargo, en mi investigación me sorprendí al descubrir que existe un vasto número de trabajos artísticos inspirados en el beso como tema central, pero este texto se remite sólo a los rubros de la pintura y escultura.

Con respecto a esta última disciplina encontramos tres piezas fundamentales, la del escultor italiano Antonio Cannova, la del francés Auguste Rodin y la del rumano Brancusi. La escultura del primero muestra a los personajes mitológicos Cupido y Psiqué, inmersos en uno de los besos que ocurren en esta historia de amor y tragedia.

Por su parte, Rodin nos presenta dos figuras completamente desnudas que se besan. Aparecen sentados y ella acerca a su amante abrazándole del cuello; él responde sujetándola con una mano de las caderas. Es una pieza que evoca mucha sensualidad y que con seguridad provocó un par de escándalos cuando vio la luz en 1884.
La escultura de Constantin Brancusi de 1912 es, personalmente, la más interesante de las tres aquí mencionadas. Es muy diferente a las de Cannova y Rodin pues el concepto del beso aparece mucho más simplificado. Desde mi perspectiva, su enorme atractivo reside en que pueden apreciarse la modernidad y un cierto grado de primitivismo conviviendo como características paralelas.

En la pintura, el beso aparece en distintas facetas, ya sea romántico, apasionado, traicionero, perturbador o dulce. Por ejemplo, Francesco Hayez y Edvard Munch en sus obras de 1859 y 1895 respectivamente, nos muestran un beso ocurriendo en atmósferas muy distintas (“El Beso” de Hayez se desarrolla furtivamente en la esquina de una calle) pero en esencia similares. Ambas transmiten la emoción de los amantes totalmente inmersos el uno en el otro, con las sombras nocturnas haciendo de cómplices.

Pero en la obra religiosa “El Beso de Judas” del pintor Giotto de Bondone, es posible observar una connotación muy diferente en el beso de una persona a otra. Aquí, el beso simboliza traición, y quizá sea una de las peores y más memorables demostraciones de apostasía de para los devotos del Catolicismo, misma que el artista captó con gran pericia en un trabajo de gran importancia para la época en la que fue realizado.

Así mismo, René Magritte nos dejó una imagen del beso difícil de adjetivar con calificativos de tono rosa. “El Beso” (1928) de Magritte (al inicio del texto) muestra un beso extraño, un beso de apariencia entumida que intercambian dos amantes con el rostro cubierto por una sábana. Inmediatamente se vinculó este retrato con la anterior experiencia que tuvo el autor al ver el cuerpo de su madre suicida tapado por una tela blanca y empapada.
Otros pintores de gran relevancia usaron el beso como el tema medular en algún cuadro; “El Beso” de Pablo Picasso y “El Beso de la Musa” de Paul Cezanne son dos casos poco favorables de imágenes que no me atrevería a poner en mi casa. La obra Rococó “El Beso Robado” de Jean-Honore Fragonard es mucho más frívola que las de Picasso y Cezanne, pero me gusta precisamente por ese toque de picardía y banalidad burguesa ante las que me resulta inevitable ceder.
El “Beso Materno” de Mary Stevenson Cassat me parece un trabajo memorable; muestra una hermosa niña cuya expresión deja entrever que está siendo consolada por su madre. El beso que ésta le da apenas se adivina por la visible presión en la mejilla de la pequeña. Es un cuadro tierno y dulce sin caer en sensiblerías, que deja ver al beso en una de tantas posibles circunstancias humanas.
¿Qué sería de nosotros sin estos minúsculos intercambios de universos, donde la boca es la puerta al mundo del otro, donde empieza la grieta en el muro que nos separa los unos de los otros?
Autora: Nory Astrhied Carpinteyro
Gotwald, Jr., W.H., Golden, G.H. (1995). Sexualidad. La Experiencia Humana. Manual Moderno: México.

